Energía y servicios públicos
“El fondo de capital climático” de Portland: cómo una ciudad estadounidense utiliza impuestos locales para movilizar inversiones en resiliencia por valor de miles de millones de dólares
El “fondo de capital climático” de Portland: cómo una ciudad estadounidense está utilizando un impuesto local para movilizar inversiones resilientes por valor de miles de millones
En el contexto de la financiación de infraestructuras globales, ciudades como Portland suelen estar infravaloradas. No tiene un puerto supergigante, no es un centro energético multinacional y tampoco destaca por su alta velocidad ferroviaria ni por una gran expansión del metro. Pero está haciendo algo que quizá merezca más atención que una obra individual: convertir la adaptación climática, la eficiencia energética y la resiliencia comunitaria en un marco de inversión en infraestructuras urbanas que puede financiarse de forma estable, distribuirse de manera continua y replicarse.
La importancia del Portland Clean Energy Fund no reside en un proyecto concreto, sino en que ha cambiado la forma en que se generan los fondos públicos. Desde que en 2019 se aprobó un recargo del 1% sobre las ventas aplicado a las grandes empresas de la ciudad, el fondo ha recaudado ya alrededor de 1.000 millones de dólares y se espera que alcance los 1.600 millones a mediados de 2029. Para una ciudad, eso ya no son subvenciones dispersas, sino una herramienta fiscal que se aproxima a un “fondo de capital cuasi-infraestructural”.
Cuando se retiran los fondos federales, las ciudades empiezan a construir sus propios motores de financiación
El contexto de este fondo no es complicado, pero sí muy representativo: el gasto climático a nivel federal en Estados Unidos está afrontando recortes, mientras que las olas de calor extremas, los incendios forestales y la carga energética siguen presionando a los gobiernos locales. En otras palabras, el riesgo climático no ha disminuido; lo que empieza a volverse más incierta es la fuente de financiación.
Ahí es donde cambia la lógica de la financiación local de infraestructuras. Antes, las ciudades dependían más de subvenciones estatales o federales para cuestiones climáticas y de equipamientos públicos; ahora, cada vez más gobiernos locales deben responder a una pregunta más básica: quién paga por la resiliencia y cómo entra el dinero de forma estable a largo plazo.
La estrategia de Portland consiste en trasladar parte de esa carga a las grandes empresas de la ciudad, en lugar de a los residentes. El impuesto es sencillo y directo: las empresas pagan un recargo del 1% sobre sus ventas cuando comercializan bienes dentro de la ciudad. Para la ciudad, esto supone convertir la actividad de consumo en flujo de caja para inversión pública; para las empresas, implica establecer una conexión fiscal más clara entre su presencia comercial y la infraestructura urbana.
El atractivo de esta estructura reside en su previsibilidad. A diferencia de una subvención puntual o de un presupuesto sujeto a ciclos políticos, una base tributaria local continua es más adecuada para sostener proyectos a largo plazo, especialmente aquellos cuyos beneficios se manifiestan sobre todo en reducción de emisiones, mejora de la salud, disminución del consumo energético y fortalecimiento de la resiliencia social.
No se trata de un único proyecto ambiental, sino de una cartera de infraestructuras urbanas
Según los proyectos ya divulgados, los fondos de Portland no se han concentrado en una sola gran obra, sino que han dado forma a un “paquete de activos de resiliencia” disperso, pero estrechamente relacionado.
- Durante los últimos siete años, este fondo ha respaldado múltiples tipos de infraestructuras y proyectos comunitarios:- Construcción de proyectos comunitarios de energía solar para reducir las facturas energéticas de 150 hogares de bajos ingresos y disminuir las emisiones;
- Distribución de más de 20,000 unidades de aire acondicionado portátiles gratuitas para ayudar a las familias vulnerables a মোকer el calor durante las olas de calor;
- Realización de mejoras de eficiencia energética en 3,100 hogares;
- Capacitación de 2,000 trabajadores para incorporarse a los sectores de energías renovables y construcción;
- Plantación de 15,000 árboles en zonas urbanas afectadas por el efecto isla de calor;
- Transformación de 6 estacionamientos de concreto en jardines y espacios comunitarios.
Desde la perspectiva de la investigación en infraestructura, estos proyectos apuntan conjuntamente a tres niveles sistémicos.
Primero, es la gestión de la demanda energética. Las mejoras de eficiencia energética en los hogares, la energía solar comunitaria y la distribución de aires acondicionados, en esencia, reducen la demanda vulnerable bajo la presión de las altas temperaturas y los altos precios de la electricidad.
Segundo, es la infraestructura del microclima urbano. La plantación de árboles y la reurbanización de terrenos no son solo obras paisajísticas, sino medios de bajo costo para reducir el efecto isla de calor, mejorar el entorno de los barrios y aumentar la resiliencia del uso del espacio público.
Tercero, es la construcción de mano de obra y cadenas de suministro. Capacitar a 2,000 trabajadores vinculados a los sectores de la construcción y las energías renovables demuestra que este tipo de fondos no solo compran “resultados de proyectos”, sino que también están creando capacidad local para futuras obras, operación y mantenimiento, y rehabilitación energética.
Esta es la clave del modelo de Portland: transforma la financiación climática de un “gasto de gobernanza único” en una “cartera de inversión en infraestructura distribuida”.
Por qué este tipo de mecanismo atrae la atención de otras ciudades
Denver, Ann Arbor y Seattle ya han empezado a diseñar fondos similares, pero sus caminos no son los mismos. La razón también es muy práctica: los sistemas fiscales locales, la autorización política, la estructura demográfica y la base empresarial hacen que ninguna ciudad pueda copiar directamente a Portland.
Denver adoptó un impuesto sobre las ventas del 0,25% y excluyó categorías clave como alimentos, medicamentos y artículos infantiles; en su primer año recaudó 41 millones de dólares. Ann Arbor, por su parte, apoya la acción climática mediante un aumento del impuesto a la propiedad.
Esto muestra que lo verdaderamente replicable no es el tipo de impuesto en sí, sino la lógica de acoplamiento entre las finanzas locales y la infraestructura climática. Distintas ciudades elegirán diferentes canales de entrada de flujos de efectivo según su propia base fiscal, su aceptación política y la composición de sus residentes. Pero la dirección es la misma: transformar la adaptación climática de una subvención temporal en un activo de gobernanza urbana a largo plazo y financiable.
Para el capital internacional de infraestructura, esto es especialmente importante. Porque el núcleo de la inversión en infraestructura no es solo la tecnología de ingeniería, sino la organización de los flujos de efectivo. Mientras la fuente de financiación sea estable, las reglas sean sostenibles y la autorización política se mantenga, los proyectos que antes se consideraban “beneficios públicos” también pueden entrar en un marco de asignación de activos de más largo plazo.
La controversia en torno al fondo de Portland precisamente demuestra que ya ha alcanzado escala de infraestructura
Una señal digna de atención es que la controversia en torno a este fondo ha pasado de “si debería existir” a “cómo debería gastarse”. Esto normalmente significa que la escala de los recursos ya es suficiente para entrar en el nivel de asignación de la gobernanza de infraestructura.El alcalde de Portland, Keith Wilson, propuso destinar 75 millones de dólares a renovar el Moda Center, con la esperanza de modernizar este anticuado recinto mediante tecnología verde. Por otro lado, la Asociación de Policía de Portland propuso dedicar el 25% de los ingresos anuales de ese fondo a contratar 400 nuevos agentes. El centro del debate entre partidarios y detractores no es si el fondo existe, sino “qué cuenta como acción climática”.
Este tipo de विवादias no es ajeno a las finanzas de infraestructura. En cuanto el fondo de recursos es lo suficientemente grande, surgen conflictos sobre los límites de uso, el orden de prioridades y la asignación de beneficios. En cierto sentido, esto demuestra precisamente que el fondo ya no es una subvención comunitaria periférica, sino una plataforma de capital a escala urbana con poder de asignación fiscal.
Tres tendencias a largo plazo de la infraestructura global vistas a través del fondo climático de la ciudad
Aunque el caso de Portland es una historia local, detrás responde a un cambio estructural global mucho mayor.
1. La financiación de infraestructura se está localizando
Cuando se estrecha el espacio fiscal a nivel nacional, las ciudades dependen cada vez más de su base impositiva local, fondos específicos y estructuras de financiación híbridas para hacer frente a las presiones climáticas, energéticas y de servicios públicos. Este cambio también puede observarse en el Sur Global, aunque adopta formas como la captura del incremento del valor del suelo, impuestos al desarrollo, tasas portuarias o cargos específicos a los servicios públicos.
2. La adaptación climática está dejando de ser un “tema ambiental” para convertirse en un “tema de activos públicos”
El aire acondicionado, la rehabilitación energética, la ampliación de áreas verdes urbanas y los proyectos solares solían clasificarse por separado como bienestar, medio ambiente o programas comunitarios. Hoy están siendo reempaquetados como inversiones cuantificables en resiliencia. Según estimaciones de la oficina presupuestaria municipal, los primeros tres ciclos de proyectos financiados en Portland redujeron acumuladamente unas 25.500 toneladas de emisiones de carbono, equivalentes a sacar de circulación alrededor de 6.000 coches de gasolina durante un año.
Esta forma de cuantificación es importante porque conecta la acción climática con un marco de rendimiento medible. Para inversores, gobiernos y organismos de desarrollo, solo lo que puede medirse puede presupuestarse y financiarse a largo plazo.
3. La competencia entre ciudades depende cada vez más de “quién puede construir resiliencia de forma sostenida”
En la próxima década, la competencia entre ciudades no se limitará a la captación de industrias, la oferta de vivienda y la eficiencia del transporte; también dependerá de quién pueda reparar más rápido el riesgo térmico, la carga energética y la vulnerabilidad comunitaria. En otras palabras, la competencia de infraestructura urbana ya ha pasado de la “construcción expansiva” a la “construcción adaptativa”.
Lo que apoya el fondo de Portland no es una línea de alta velocidad ni un gran puerto, sino otro tipo de sistema de infraestructura cada vez más importante: los extremos energéticos, el parque edificatorio existente, la gestión del entorno térmico, la microrenovación urbana y los sistemas locales de capacidades. Para las ciudades envejecidas, las regiones de alto riesgo climático y los gobiernos locales sometidos a presión fiscal, este tipo de activos se acerca más que las grandes obras individuales a las restricciones reales.
Conclusión: la competencia por la infraestructura está entrando en la fase del diseño fiscalSi en el pasado la competencia en infraestructura se manifestaba principalmente en “qué construir”, hoy cada vez más la competencia se da en “de dónde sale el dinero, quién lo aporta y cómo se sigue aportando”. La experiencia de Portland demuestra que las ciudades pueden, mediante la innovación fiscal, integrar la adaptación climática, la eficiencia energética y la resiliencia comunitaria en un fondo de financiación a largo plazo.
Puede que no sea aplicable a todas las ciudades, pero ofrece una conclusión importante: en una era de apoyo federal inestable, normalización de los fenómenos meteorológicos extremos y presión sobre los presupuestos públicos, la variable निर्णante de la infraestructura ya no es tanto la escala de un proyecto individual, sino si el mecanismo fiscal es suficiente para sostener una construcción a largo plazo.
Por eso, que una ciudad consiga recaudar 1.000 millones de dólares no es solo una noticia de finanzas locales, sino una señal de que la forma de gobernanza de la infraestructura global está cambiando.
Fuente de información URL
https://www.iowapublicradio.org/news-from-npr/2026-05-20/how-one-oregon-city-has-raised-a-billion-dollars-for-climate-change
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